sábado, 4 de febrero de 2012

Si viajas a... Verona

Estatua de Julieta, Casa de los Capuleto, Verona

Verona es la ciudad italiana en donde Shakespeare ambienta su tragedia Romeo y Julieta. La casa de Julieta atrae a muchos turistas a pesar de que no hay pruebas de que los Capuleto vivieran ahí. En el interior se ve el balcón de Julieta y abajo hay una estatua suya de bronce, cuyo pecho izquierdo es constantemente tocado por aquellos visitantes que creen que haciéndolo atraerán la suerte en el amor. Si uno visita el interior, verá mobiliario renacentista, frescos alusivos a la obra y la supuesta vestimenta de los enamorados.. demasiado atrezzo en aras del turismo. Las paredes de acceso al patio están llenas de cartas de amor escritas en todos los idiomas y, por supuesto, la tumba de Julieta está vacía.

En la obra, este es el balcón donde Julieta se lamenta de que Romeo sea un Montesco y donde los enamorados se declaran su amor (II,2): 

JULIETA.— ¡Oh, Romeo, Romeo! ¡Si fuese otro tu nombre! ¡Reniega de él! ¡Reniega de tu padre! O jura al menos que me amas y, entonces, dejaré de ser una Capuleto.
ROMEO.— ¿Debo escuchar o le hablo ahora mismo? (Dice al público, su confidente).
JULIETA.— … ¿Qué es un Montesco? La mano… ¡no!, ni es el pie, ni el brazo, ni la cara, ni cualquiera otra parte de un joven tan bello como él… ¡Si fuese otro tu nombre! ¿Qué hay en un nombre? Lo que conocemos como rosa, aunque tuviese otro nombre mantendría su perfume; de ese modo Romeo, aunque Romeo nunca se llamase, conservaría la misma perfección, la misma… Romeo, dile adiós a tu nombre, pues no forma parte de ti; y a cambio de ese nombre, tómame a mi, toma todo mi ser… (Asomándose Romeo más al balcón de Julieta.)
ROMEO.— (Ahora sí dirigiéndose a ella) Te tomo la palabra… Llámame sólo «amor» que este será como mi nuevo bautismo…
JULIETA.— ¿Quién anda ahí? ¿Quién eres tú, cubierto por la noche, que me sorprendes en mis confidencias?
ROMEO.— … Mi nombre, —cielo mío— yo mismo lo detesto, pues sé que es tu enemigo. Si fuese una palabra escrita, ahora mismo la rompería…
JULIETA.— ¿Cómo es que llegaste aquí? (Voltea a ver su cuarto como para que nadie los descubra). Es tan alto el muro del jardín que es difícil de escalar; una muerte segura, siendo tú quien eres, pues si alguno de los míos alcanzara a encontrarte…


También es el balcón por donde huye Romeo al exilio de Mantua tras pasar su noche de bodas con Julieta (V,5):

JULIETA.— ¿Ya te tienes que ir? Lejos está el alba. Era el ruiseñor, que canta al atardecer, no la alondra, la que penetró el fondo temeroso de tu oído. Canta todas las noches en aquel árbol. Créeme, amor mío, era el ruiseñor.
ROMEO.— Era la alondra Julieta, esa que anuncia el alba. No era el ruiseñor. Mira cómo la luz envidiosa enhebra las nubes deshechas del Oriente. Mira cómo las luces de la noche se han extinguido. Cómo es que asoma el día y avanza de puntillas por las brumosas cumbres de los montes. Debo irme Julieta, debo irme y vivir o esperar aquí la muerte.
JULIETA.— Aquella luz a lo lejos Romeo, lo sé, aún no es de alba, sino unos retazos del sol que se desprenden para que sean tu antorcha en medio de la oscuridad, y llenen de luz tu camino hasta Mantua.
Quédate pues, ¿por qué marcharte ahora?
ROMEO.– Sea hecho prisionero. Denme ahora la muerte, que no hay más felicidad que servir tu deseo: diré que aquella luz confusa no es el iris del alba, sino un tenue reflejo de la frente de Cintia, la diosa de la Luna.
Diré que no es la alondra la que rasga con su canto la bóveda celeste, y que deseo permanecer, y no quiero dejarte.
Ven, ven muerte: yo te saludo. Asó ordena Julieta. Hablemos, amor mío, que el día duerme aún.
JULIETA.— (Ahora sí, tomando conciencia del peligro inminente que podría ser, si se queda su esposo…) No, no duerme. Vete, que ya despierta. Huye, que es el canto de la alondra, discordante; que son ásperas disonancias que resuenan agudas.
¿Quién dijo que la alondra separa, dulce, sus trinos?
¿Puede llamarse dulce aquello que me aparta de ti?
Otros dicen que con el sapo los ojos intercambia. El acento quisiera yo que me hubiese intercambiado, puesto que así destruye nuestro abrazo esa voz, arrancándote de mi lado con el canto de la albada.
Vete, ¡ándale!, vete ya.
Que no te das cuenta que ligera se aproxima la luz del día.
ROMEO.— Luz, más y más luz… más y más negro es nuestro pesar.
JULIETA.— Ábrete ventana, que la luz entre y mi vida se marche…
ROMEO.— Adieu!, adiós querida Julieta, adiós… (apresurado, con el camisa en la mano le da un beso, largo, largo…) Adiós… mi amor te lo voy a mandar por cuantos medios tenga…
JULIETA.— (Viéndolo bajar del balcón.. habla consigo misma…)
¡Dios! Tengo llena mi alma de negros presagios… viéndote ahí abajo, te veo como si estuvieras al fondo de una tumba… me parece que están tan pálido como si estuvieras muerto… Mis ojos… ¿No me engañan? Te veo tan pálido…
ROMEO.— (Voltea a verla, parece que si la oyó…) Así es como a mí también me das la misma impresión… Seguro, sedienta la pena parece que se bebe nuestra sangre. ¡Adiós!

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